EL DULCE MAL

Vuelvo los ojos a mi propia historia.
Sueños, más sueños y más sueños...gloria,
más gloria...odio...un ruiseñor huyendo...
y asómbrame no ver en toda ella
ni un rasgo, ni un esbozo, ni una huella
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Torno a mirar hacia el camino andado...
Mi marcha fue una marcha de soldado...
con un paso vencedor, a todo estruendo;
mi alegría una bárbara alegría...
Y en nada está la sombra todavía
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Surgió una cumbre junto a mí; quisieron
otros mil coronarla y no pudieron;
sólo yo quedé arriba, sonriendo,
y allí, suelta la voz, tendido el brazo,
nunca sentí ni el leve picotazo
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Volví la frente hacia el más bello ocaso...
Mil bravos se rindieron al fracaso
mas, yo fui vencedor del mal tremendo;
fui gloria empurpurada y vespertina,
sin presentir la marcha clandestina
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Fuerzas y potestades me sitiaron
y, prueba sobre prueba, acorralaron
mi fe, que ni la cambio ni la vendo,
y yo les vi marchar con su despecho
feliz, sin presentir nada en mi pecho
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Mujeres...por mi gloria y por mis luchas
en muchas partes se me dieron muchas
y en todas partes me dormí queriendo
y en la mañana hacia otro amor seguía,
pero en ninguno el dardo presentía
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Y un día fue la torpe circunstancia
de quedarnos a solas en la estancia,
leyendo juntos, sin estar leyendo,
mirarnos en los ojos, sin malicia,
y quedarnos después con la delicia
del dulce mal con que me estoy muriendo.

ANDRÉS ELOY BLANCO

ME PAREZCO

( De "El aprendiz de fantasma")

Me parezco al muerto que a veces se aproxima
al hombre y le quiere decir tantas cosas
extrañas,
pero su voz ya no se acuerda al oído del viviente,
es como un instrumento que nadie sabe tocar.

Ah, comprendo aquí al amigo muerto, a la madre muerta
que gritan hacia un ser amado, entre los hielos
inmensos de su soledad o bien al borde del acéano,
como el viento que lleva al náufrago el olor de la
tierra perdida.

Puedo cerrar la puerta, alejarme por la calle,
dulcemente irme hacia los campos. Apenas si los
pájaros
han sentido en sus jaulas un rozamiento del aire,
han levantado crestas inquietas pero no me han traicionado.

Las cosas se dispersan ahora, pero detrás de los vidrios
como una perla muy pálida es el sueño de los hombres.
Oh, los muros están ante mí como palmas
abiertas.
Leo todas las líneas de las vidas que allí se cruzan.

Veo la pobreza, la desesperación, la impotencia
que esperan a la cabecera del durmiente y están prontas
desde su despertar para apresar sus pasos. Veo
la mañana que se quiebra como un vaso en el lecho del
enfermo.
Y no sé : ¿debo infinitamente planear
hacia los árboles serenos donde reposa el paisaje?
¿Debo quedar así en la bruma o retomar
los rasgos de la vida para curar a los que viven?

HILARIE VORONCA

EL JORNALERO

Tenemos una cama y tenemos un niño
oh, dulce mujer mía; y aún tenemos
trabajo suficiente para ti y para mí,
y gozamos del sol, de la lluvia y del viento...
Sólo nos falta algo que es bien poca cosa
para vivir gozosos y para estar contentos
y libres cual los pájaros :
sólo nos falta el tiempo.

Cuando llega el domingo y por los campos verdes
paseamos felices, oh cándido pequeño,
y sobre la extensión vemos las golondrinas
azulear fugaces en inquietantes vuelos,
ni siquiera nos faltan los ropajes livianos
para ser, hijo mío, tan libres y tan bellos
como esas golondrinas :
sólo nos falta el tiempo.

¡Sólo el tiempo! husmeamos la tormenta vecina
y a nosotros, que somos carne misma del pueblo,
todavía nos mueve una esperanza eterna.
Nada nos falta, esposa, nada falta, pequeño,
fuera de todo aquello que producimos hoy
para vivir gozosos y para esta contentos
y libres como pájaros :
sólo nos falta el tiempo.

RICARDO DEHMEL
(Traducción de F.E.Gutiérrez y Alberto Jatho)

POEMA

Con industriosidad pálida buscaba yo el tesoro,
buscaba las estrofas donde el más hondo dolor
y la incertidumbre de las cosas se movía misteriosa.
Entonces, un ángel desnudo entró por la puerta :
a mi alma ensimismada en reflecciones, ofreció
el peso de las más ricas flores, y sus dedos
no eran sino como las flores del almendro,
y con rosas rojas estaba adornado su cuello.
En su cabeza no se erguía corona alguna
y su voz, casi era parecida a la mía :
- La Vida hermosa me envía hacia ti
como mensajero. - Mientras lo dijo, risueño,
de sus manos caían los lises y las mimosas
y cuando me doblé para recogerlos,
él también se puso de rodillas. Y yo bañaba feliz
toda mi cara en la frescura de las rosas.

STEPHAN GEORGE

LA TRAVIESA

Tenía el comedor aromas singulares
de barniz y de fruta. Yo estaba allí contento
y llenaba mi plato de no sé qué manjares
belgas, y me aplastaba en mi cálido asiento.

El reloj escuchaba, feliz, mientra comía.
La cocina se abría en una tufarada.
Y no sé para qué, la sirvienta venía,
el chal medio deshecho, sensual y despeinada.

Deja correr su mano, pequeña y temblorosa
por las mejillas, cálidos duraznos de piel rosa,
y con sus labios hace dulce gesto travieso.

Luego, mientras los platos arregla, cerca mío,
le digo, bien seguro ya de obtener un beso,
en voz muy baja : "siento en la mejilla frío".

ARTURO RIMBAUD
(Traducción de González Trillo y Ortíz Behety)

LAS ALAS TRISTES

Toda entera sonreía
con una tristeza oscura,
toda ofrecida y entera
como la cruz en la tumba.
La sonrisa es la marea
del corazón, la dulzura
de un mar que se aleja siempre
mojando el labio de espuma.
Ya no recuerdo tus ojos,
y no puedo olvidar nunca
la luz en las tristes alas
de aquella sonrisa muda,
como el vuelo entrecortado
de una paloma en la lluvia.

LUIS ROSALES

EPÍSTOLA A PABLO NERUDA - (Frag. Madrid 1936)

...Mira la rosa, Pablo;
mira la rosa, mírala, deshojándose,
abrir su tierno puño; míralo, su sonrosado puño
de niña,
abrirlo, no cerrarlo, deshojándose,
abrirlo, perfumando con pulcritud su acariciada
muerte.
Qué numeroso olvido para cada capullo, y para
cada célula de su carne,
y para cada pétalo, para cada pistilo,
para cada grano de polen de sus estambres,
qué multitud de olvidos compartiendo un olvido!
Sólo el perfume, sólo el recuerdo del perfume es
allí perdurable,
primavera inmortal ya sin espinas,
ya sin espinas, Pablo, por la sangre.

Más urgente que el odio, más que el vino,
más urgente que el miedo y los caballos,
que las espadas y los telegramas; más urgente que
el trigo y las gaviotas,
que los espejos y los diccionarios,
que las lunas minúsculas de las crecientes uñas
inplacables;
más urgente que el mar y más que el barro,
más que la luz y más que Dios urgente,
es la urgencia del canto.

Hay que cantar, hay que cantar, amigo,
un ruiseñor por capitan prefiero,
hay que bruñir de nuevo los metales,
y rescatar la voz de Federico y darla nuevamente
al viento
por estandarte de la primavera.
Hay que cantar sobre los malecones, sobre el
incendio,
sobre las madrugadas, sobre el dolor, sobre los
eficaces legajos archivados,
hay que cantar con las víceras y con los tuétanos,
hay que cantar, hay que cantar, amigo.
Cuando se tiene voz como la tuya, crimen será si
se te pudre dentro.
Y hay que cantar inútilmente, amigo,
inútilmente, no por el pan, inútilmente, no por el
hierro,
inútilmente, no por los estimables sindicatos,
inútilmente, no por la sonrisa, inútilmente, no por
el consuelo,
no por la comprensión, inútilmente, no por lo
cierto,
no por la vida, no por la muerte, inútilmente, no
por el hombre, inútilmente,
inútilmente hay que cantar por el Misterio.

Vuelve a tu litoral que se deshace, sal en el mar,
bruma en el viento;
vuelve al salitre :
míralo por dentro
en su infecunda vocación de verde;
vuelve a tu cobre dúctil y rojamente tenso,
vuelve a tu azufre :
míralo por dentro,
la geométrica red de sus cristales
sosteniendo
al palacio, amarillo limón encandilado,
vuelve al derrumbe de tus ventisqueros,
vuelve al azoro de tus lagos, vuelve
a la madera : mírala por dentro
sus intrincadas geografías íntimas.
Y vuelve a la inocencia roja de tus volcanes. Y al
fuego :
míralo por dentro.

Hay que cantar, hay que cantar, amigo,
entre las colisiones y los presidios y los harapos,
y entre el estruendo, y entre los desperdicios, y
entre las tumbas,
y entre las caricias y entre los ascos :
entre el hambre y la indiferencia y las ruinas,
hay que salvar el gorjeo, hay que elevar entre la
sangre el canto,
hay que cantar con la voz purificada por la muerte
entre los muertos :
entre los muertos, venid a ver la sangre cómo corre,
venid a ver que ya no corre el llanto,
venid a ver la sangre,
cómo canta su frenético gallo,
porque ella sabe que si el canto aún vive
nunca habrá sido derramada en vano.

EDUARDO GONZÁLEZ LANUSA

EL NIÑO QUE JUEGA A LA ORILLA DEL MAR

Es inútil, inútil : ya no me podrá hallar;
pero creedme : hay un niño que juega a la orilla
del mar.

No es aquí, ni siquiera es allá.
(Las distancias se extienden hasta romperse sin
poderle encontrar.)
Piensa en lejos : más lejos! Y es más lejos aún
donde está.
(Las distancias rendidas
han perdido sus huellas
tras las constelaciones no sabidas
y las ya abolidas
estrellas.)

Amargos años-sombra nos separan, y es con ellos
con los que se mide el olvido,
Y en ellos se borran las verdes praderas y se
multiplica la orfandad;
y, sin embargo, no son ellos lo que me apartan
del niño perdido,
sino trescientos billones de kilómetros de
descolorida realidad.
(De realidad inhabitable
hecha de sueños sin soñar,
donde fermentan los absurdos de lo razonable
y su hálito torna irrespirable
el abierto camino del azar.)

Pero allí está jugando con los ángeles marinos,
con los peces celestes de las constelaciones,
aunque el silencio es tan duro como las negaciones
y ya casi se quiebra su frágil ausencia de trinos,
mientras callan las olas sonámbulas sus amargas
imprecaciones.
Allí está ungido de inocencia que le conserva sin
variar,
intactas sus transparentes ilusiones
el niño que juega a la orilla del mar.

Porque hay en la luz una vocación fraterna
- la luz que es la presurosa soledad que se busca
a sí misma -,
escapada de la cárcel disgregadora del prisma
- la luz que es la eternidad que resplandece de
tan eterna -
besó el rostro del niño que jugaba
y ya es luminoso mármol indestructible,
porque la luz le confiere su calidad incorruptible
y ese instantáneo arcángel es ya legión que nunca
acaba.

Porque cada mirar deja indeleble huella
y cada vez más lejos - ya un poco más que los
trescientos billones -
en cada rincón del cielo donde ensaya su nueva
luz una estrella,
en la más infantil de las constelaciones,
su rostro multiplicado por los espejos del frío,
y su unánime sonrisa enternece al polvo de las
primaverales nebulosas,
mientras se ensancha en círculos por las aguas
del cósmico río,
y el florido vacío
se colma de sus rostros como de traslúcidas rosas.
Son miradas de rostros y no se acaba de desangrar
el del niño que juega a la orilla del mar.

Y llegará un día más lejos que la más irreparable
de las distancias,
donde se curva la ancianidad del espacio,
y será un silencioso escándalo el de sus infancias
invadiendo las gradas del fugitivo palacio.
Y resonarán sus callados ecos entre los Tronos y
las Dominaciones,
y el Innumerable comprenderá la vocación de su
destino,
y volverá la multitud de su mirada hacia el
luminoso camino
hasta el vértice inicial de las multiplicadas
ascenciones.

Y es inútil, inútil : ya no me podrá hallar;
pero creedme, Señor : hay un niño que juega a la
orilla del mar.

EDUARDO GONZÁLEZ LANUSA

PARA SE LEÍDA EN SILENCIO

No hay que decir su nombre;
ni la purificada boca de la plegaria
podría soportar su sortilegio.
Y como no hay un cielo de músicas
sobre tu acento sólo adivinado,
y en la penumbra tu resplandor sonríe,
qué suave ha de pesar sobre tu soledad el olvido!

Que el aliviado labio recobre
la duplicada vocación de su destino en el beso,
y que no te deslía en vano escalofrío del aire,
para que tu flor no se amustie
en el gris erial de los rumores.

Mana hacia adentro, fuente de soterrado cauce,
aunque nadie adivine tu lírica frescura,
salvo la empecinada piedad de las raíces,
y que feliz perdure tu ceguera
mientras la luz deriva hacia su centro.

Cuida tu intimidad. Su cercanía
inabordable como un sueño ajeno
que junto a mí aletea,
tan invisiblemente desvelado,
compañero del ángel de la guarda.

Hay un momento - éste es el tuyo - desde siempre
en vuelo,
en que la ardiente certidumbre se cerciora
de la vanidad de todo tumulto,
de todo ademán, de todo color empavesado,
de todo señuelo ya hasta de todo guiño,
y advierte que aun el crepuscular arrullo sobra,
porque al misterio, para perdurar
le basta con su inmóvil sonrisa.

Entonces las palabras doblegadas
bajo el suntuoso peso de la música,
con casta lentitud se la desciñen
en su noche nupcial con el silencio;
vírgenes son, sólo por ti amparadas
a la espera de tácita paloma
que su acendrada doncellez madure
con la ingrávida sombra de su vuelo.

Más allá de los mirtos,
donde florece la callada adelfa,
traspuesto el vado del ayer,
he de quebrar el tierno caramillo,
la resonante trompa
y el repique jovial de los panderos;
y a solas con vosotras, las inmóviles,
las prudentes palabras taciturnas,
sin clamores, sin ecos, sin murmullos,
quiero verme en los ojos transparentes,
o sorprender tras de la sombra esquiva
vuestra indomable docilidad de siervas.

Sé que ignoro la cifra
que hace facilidad del laberinto,
y su alto resplandor, me veda el nombre
que al lirio inmortaliza;
pero ya que me veis desamparado:
¿por qué volvéis los rostros al olvido
y os encogéis de hombros con la manos vacías?

¿No os ofrecí el calor de mis entrañas?
¿Vuestra dureza no ablandé en mi sangre?
¿No os he dado acaso mi soledad, mi muerte?
¿No partí con vosotras mi sal y mi alegría?
¿No anhelé poseeros y ser vuestro
en doble transfusión de incertidumbres?

¿Y por qué entonces retorcéis culebras
si sueño con alondras?
¿Y dulce hacéis mi hiel y agrio mi vino?
¿Por qué el milagro de la simetría
se quiebra al cruel rigor de la balanza?
¿Y hacéis del aire leve, inmóvil mármol?
¿Por qué de vuestra hierba se levanta un relente
cuyo vaho adormece a los ciegos espejos?

¿Tanto mi realidad me contamina?
¿No he de hallar en vosotras el alivio
que buscábais en mí, cuando cantaba?

Si pudiera llorar
sin que oyerais el rumor de mis lágrimas, lloraría
para que vierais el preciso límite
de la infancia y el iris, lloraría;
aquí, al tácito arrullo de los siglos
fantasma entre fantasmas, lloraría,
para alcanzar vuestro trasluz,
para daros un alma, lloraría,
para colmar la ser que nos separa,
lloraría, palabras, lloraría.

Pero sé que habituadas al silencio
oís el deslizarse de un sueño por la sombra,
y no puedo turbar la pasmada armonía
del ámbito lejano que en vosotras perdura;
y porque no soy digno de pronunciar el nombre,
velaré junto al pórtico vuestro callar de fuego.

Perdonad el rumor de mi creciente asombro.

EDUARDO GONZÁLEZ LANUSA

ODA AL REINO VEGETAL

Quiero aventar el último vestigio
que jubilosa comunión evite,
para cantar, si el aire lo permite,
la gloria verdadera,
el callado prodigio
del bosque y el jardín y la pradera,
donde alegre retoza
inadvertido el ser que en luz se goza.

Canto las indecisas algas, de los tritones huerta,
los ríos verticales
en el álamo alerta,
los juncos musicales
de unánime compás,
canto los barandales
en que el cielo se aferra
con poderosas manos paternales
en la tierra,
sobre la copa en flor de los jacarandás.
Y canto al paraíso de acérrima corteza
y de flores felices,
y canto las raíces
ávidas de encontrar otra mano de su cordial rudeza.

Canto la parsimonia de los líquenes y las amargas
caléndulas amarillas.
el sueño en flor de las adormideras,
y las enredaderas
con su repique azul de campanillas.
La espiral del helecho de siglos minuciosa,
y la azucena inmóvil que al espacio ilumina,
esa pausa del aire, pliegue de su cortina
por donde esplendorosa
la gloria del trasmundo se adivina.

Canto al roble y al tiempo detenido
en su cálido laberinto de vetas en calmas oleadas,
canto su recio pecho de peñascal
erguido,
y la increíble juventud de sus verdes hojas recién
brotadas.

Canto al gomero patriarcal
de músculos distendidos,
que sostiene en un solo anhelo
la gravedad de los nidos
y la levedad del cielo.
Al eucalipto honrado,
y al ciprés, novio absorto de la muerta mañana,
y al retorcido algarrobo de ancianidad serrana,
y a la magnolia con buche de palomo enamorado.

Canto tu paz, olivo,
y canto, ortiga y zarza, vuestra guerra,
canto al laurel altivo
y la parda riqueza, la comestible tierra
del áspero centeno de granos apretados,
y los desengañados
candelabros ardientes
de los cactos viriles enseñando los dientes.

Canto la lujuriosa liana que se desliza
por entre el tronco inerte,
canto la lenta lepra de los mohos, su cerdenillo y
su ceniza,
y sus felpas que mullen los pasos de la muerte.

Canto al húmedo nácar de la cebolla ardiente,
la oronda plenitud carnal de la sandía,
del durazno maduro el bozo adolecente,
y de los berros el sabor mineral de serranía.
El candor de la almendra que su cáscara cela,
la taracea del ananás fragante,
y el frescor infantil de la rubia ciruela;
la apretada ternura
y el penacho arrogante
del choclo en su envoltura,
y canto el desengaño
y la mudez impura
en el hongo ermitaño.

Canto a la rosa donde el aire termina
y comienzan los lindes claros de lo seguro,
y al violento clavel que se ilumina
desbordando su cárcel innecesaria,
y al lirio, de tan puro
vacilando en ser flor o ser plegaria.
Y al jazmín opulento,
y a esa ya casi pájaro, flor del aire llamada,
que se nutre de viento,
y a la orquídea de forma martirizada.
Y canto
a la mandrágora secreta,
y acaso llegue a tanto
que con mi voz velada
ose tu nombre balbucear, violeta.

Qué certidumbre fuerte
la de tu arquitectura,
desde el valor conciso de la célula pura,
soledad defendida en milenios y abismos
del clamor de la muerte,
anterior a la muchedumbre de los guarismos,
hasta la de los pinos catedral rumorosa,
de frutos ojivales,
o las palmas desnudas, dóricos pedestales,
o la fiebre furiosa
en barroco tumulto de vides y glicinas,
que se anudan y tuercen con ardor infinito,
lúbricas serpentinas
enroscando sus tallos en procura del grito.

Equilibrada gracia de la espiga,
que cuando desfallece
porque su carga levemente mece
el viento, en él reposa
sobre el hombro viril, la frente amiga,
con la casta vergüenza de la reciente esposa.

Girasol excesivo o margarita breve,
a cada rumbo un pétalo de oro ardido o de nieve,
los linares azules y la alfalfa ojerosa,
y las trémulas hierbas que la brisa doblega,
dulcemente humilladas
mullen la gracia virgen de su entrega
derramándose en olas de músicas calladas.
Y el afinado lúpulo que sus tirsos agita,
y la nuez en su cárcel, y la ruda violenta,
y el jaramago amargo que en las ruinas medita,
y el frescor escondido en las hojas de menta.

La bellota en su forma decidida,
y en la premeditada
acidez los limones dejaron apresada
a la acritud del resplandor diurno!
Las pacientes arvejas en la vaina colmada
aguardan alineadas su pacífico turno.
Se quiebra el duro azar
en imposibles lides
frente al número impar
de los pétalos del nomeolvides.
Y el prudente desvelo
de aromos y retamas,
guía los equinoccios con la luz de sus ramas,
que gobiernan el curso del obediente cielo.
En el mínimo germen, clara sabiduría
augurando que al porvenir sirve de guía,
y por él no se pierde.
Y siempre resplandece en la floresta
jugosa norma o cifra verde,
siempre, señal enhiesta,
una vara florida para medir la fiesta.

Qué noble equidistancia,
feliz incertidumbre
entre el sueño sin sueños del metal y su herrumbre
y la atroz pesadilla de la carnal fragancia!
Ni la piedra ni el odio, fronda umbría,
ni la mudez, ni el grito, el susurro del viento
en las gárrulas cañas;
No el rodar del guijarro violento,
ni el ambular de cascos de éxodos infelices
bajo el mandato cruel de las entrañas:
aquí la permanencia fiel de las raíces.

Aquí el absorto ser se halla en su ruego,
fecunda identidad enamorada,
no en la pelambre de ingle sombreada,
ni en agresivos émbolos de fuego,
aquí no hay geometría de cristales,
ni frenesí de abrazos y mordiscos:
sobre inhóspitos riscos
se alza frente a silencios siderales
la Flor.
La flor, la flor, la flor abierta,
no en pudibundas sombras, sino en lo más erguido
de la planta,
eleva el puro cáliz recubierta
del limpio amor que por los aires canta.
Los cielos apacigua
con el íntimo idioma del perfume
que en su callar resume
la canción más antigua,
mientras se alzan estambres y pistilos,
sin enconados ritos ni amarguras,
y entre las espesuras
que limitan tranquilos,
el polen se desgrana
planeando desde el hoy hasta el mañana.

Qué dulce amor entre la miel nacido,
que al aire y al azar libra su anhelo,
y logra plenitud en la viva semilla enterrada en el suelo.
Qué lejos del escándalo del nardo desvestido,
los abrasados besos de los ceibos en flor,
o de la hiedra al olmo el abrazo ceñido,
Amor, amor...

En el cristal del agua virgen del Paraíso
más pureza no alcanza duplicado Narciso.

En qué paz el racimo que ya el otoño dora
rezuma realidad y madura
dulzura,
donde el lento tributo de la savia atesora!
Pero en la sangre oscura
con el color del odio que al buscarse se encuentra,
circulan garras, dientes, obstinada amargura
que en la médula blanda de los huesos se adentra,
y en las vísceras trenza su enmarañado enredo,
porque la sangre tiene la decisión del miedo,
y de su certidumbre temerosa,
por las arterias vierte
el calor afiebrado de la muerte.
Cuánto hastío y qué inútil su crueldad tumultuosa!
Es que muertes pretéritas entre sus sales gimen,
y con oscuros ramos
a la sangre ocultamos
para que nadie pueda reprocharnos su crimen.

Pero tú, lenta savia, en ondas de frescura,
savia inmortal tu llegas
desde la llama dura
de cada hoja, a las raíces ciegas,
en tu color perdura
la iluminada luz, la luz luciente
que a convivir se digna tu puericia
y llevas su caricia
circulando en tus venas, transparente.
Persigues tu designio a través de la nada,
en el brote, en la espina, en el tallo dormido y en
la flor desvelada,
y en la ascética sed de la simiente.

¿Quién escuchó tu pulso de diástoles tranquilas?
su cauteloso ritmo es anterior al número y al verbo;
no se encabrita el árbol ni cuando le destilas
por el leño el mandato de los brotes gloriosos,
ni el cardal vocifera el grito acerbo,
ni musitan sus rezos los musgos religiosos.
Tu verde vocación sube hasta el cielo,
cuando de gravedades vencedora,
desciende el cielo verde por tu anhelo
hasta la tierra, oh savia! Oh Mediadora!

Si algo en los otros círculos en su manar sereno
a tu piedad se acerca, será la leche ciega,
tan generosa como tú en su entrega.
Qué concisión de fruto hay en el seno!

A veces te demoras en las acres resinas,
el incienso y la mirra son tus versos medidos,
en aquietados bálsamos, en lejanas morfinas,
en ácidos desnudos, en venenos ardidos,
en fantasmas traslúcidos de alcanfores dormidos.
Con tu gracia iluminas
la juventud del mundo que su frescor conserva;
alegre fuego verde crepita en los pensiles:
son los coros absortos de árboles viriles
y las voces de niños de las briznas de hierba.

Madre savia que nutres encinas y espadañas:
Con qué vigor de cedro crecería mi canto
si en vez de densa sangre con clamores de llanto
circulara tu alegre rumor por sus entrañas!!

Pero la voz del hombre nunca merece tanto.

EDUARDO GONZÁLEZ LANUZA

EL PUENTE

-Dime, ¿has estado en éxtasis alguna vez? ¿Sentiste
uno de esos instantes en que el pensar no existe;
porque - lo dijo Wordswort - "expiró en la alegría",
en que mueren las dudas, en que se explica todo:
la excelencia del astro, la ignominia del lodo,
y el mundo es como un símbolo de sutil poesía.

¡Qué blanduras entonces nos ofrece el camino!
Tienen seres y cosas un sentido divino,
amoldándose a una misteriosa justicia.
El dolor para siempre nos parece proscrito
y se anegan las almas en un mar infinito
de suprema delicia.

Para tales momentos fue creado el poeta:
es él solo que puede traducir la secreta
concordancia del hombre con su Dios siempre ignoto.
Es el mágico puente del fulgor dulce y tenue
arrojado en el piélago de la noche perenne
como el trémulo rayo de un lucero remoto...

AMADO NERVO