Quiero aventar el último vestigio
que jubilosa comunión evite,
para cantar, si el aire lo permite,
la gloria verdadera,
el callado prodigio
del bosque y el jardín y la pradera,
donde alegre retoza
inadvertido el ser que en luz se goza.
Canto las indecisas algas, de los tritones huerta,
los ríos verticales
en el álamo alerta,
los juncos musicales
de unánime compás,
canto los barandales
en que el cielo se aferra
con poderosas manos paternales
en la tierra,
sobre la copa en flor de los jacarandás.
Y canto al paraíso de acérrima corteza
y de flores felices,
y canto las raíces
ávidas de encontrar otra mano de su cordial rudeza.
Canto la parsimonia de los líquenes y las amargas
caléndulas amarillas.
el sueño en flor de las adormideras,
y las enredaderas
con su repique azul de campanillas.
La espiral del helecho de siglos minuciosa,
y la azucena inmóvil que al espacio ilumina,
esa pausa del aire, pliegue de su cortina
por donde esplendorosa
la gloria del trasmundo se adivina.
Canto al roble y al tiempo detenido
en su cálido laberinto de vetas en calmas oleadas,
canto su recio pecho de peñascal
erguido,
y la increíble juventud de sus verdes hojas recién
brotadas.
Canto al gomero patriarcal
de músculos distendidos,
que sostiene en un solo anhelo
la gravedad de los nidos
y la levedad del cielo.
Al eucalipto honrado,
y al ciprés, novio absorto de la muerta mañana,
y al retorcido algarrobo de ancianidad serrana,
y a la magnolia con buche de palomo enamorado.
Canto tu paz, olivo,
y canto, ortiga y zarza, vuestra guerra,
canto al laurel altivo
y la parda riqueza, la comestible tierra
del áspero centeno de granos apretados,
y los desengañados
candelabros ardientes
de los cactos viriles enseñando los dientes.
Canto la lujuriosa liana que se desliza
por entre el tronco inerte,
canto la lenta lepra de los mohos, su cerdenillo y
su ceniza,
y sus felpas que mullen los pasos de la muerte.
Canto al húmedo nácar de la cebolla ardiente,
la oronda plenitud carnal de la sandía,
del durazno maduro el bozo adolecente,
y de los berros el sabor mineral de serranía.
El candor de la almendra que su cáscara cela,
la taracea del ananás fragante,
y el frescor infantil de la rubia ciruela;
la apretada ternura
y el penacho arrogante
del choclo en su envoltura,
y canto el desengaño
y la mudez impura
en el hongo ermitaño.
Canto a la rosa donde el aire termina
y comienzan los lindes claros de lo seguro,
y al violento clavel que se ilumina
desbordando su cárcel innecesaria,
y al lirio, de tan puro
vacilando en ser flor o ser plegaria.
Y al jazmín opulento,
y a esa ya casi pájaro, flor del aire llamada,
que se nutre de viento,
y a la orquídea de forma martirizada.
Y canto
a la mandrágora secreta,
y acaso llegue a tanto
que con mi voz velada
ose tu nombre balbucear, violeta.
Qué certidumbre fuerte
la de tu arquitectura,
desde el valor conciso de la célula pura,
soledad defendida en milenios y abismos
del clamor de la muerte,
anterior a la muchedumbre de los guarismos,
hasta la de los pinos catedral rumorosa,
de frutos ojivales,
o las palmas desnudas, dóricos pedestales,
o la fiebre furiosa
en barroco tumulto de vides y glicinas,
que se anudan y tuercen con ardor infinito,
lúbricas serpentinas
enroscando sus tallos en procura del grito.
Equilibrada gracia de la espiga,
que cuando desfallece
porque su carga levemente mece
el viento, en él reposa
sobre el hombro viril, la frente amiga,
con la casta vergüenza de la reciente esposa.
Girasol excesivo o margarita breve,
a cada rumbo un pétalo de oro ardido o de nieve,
los linares azules y la alfalfa ojerosa,
y las trémulas hierbas que la brisa doblega,
dulcemente humilladas
mullen la gracia virgen de su entrega
derramándose en olas de músicas calladas.
Y el afinado lúpulo que sus tirsos agita,
y la nuez en su cárcel, y la ruda violenta,
y el jaramago amargo que en las ruinas medita,
y el frescor escondido en las hojas de menta.
La bellota en su forma decidida,
y en la premeditada
acidez los limones dejaron apresada
a la acritud del resplandor diurno!
Las pacientes arvejas en la vaina colmada
aguardan alineadas su pacífico turno.
Se quiebra el duro azar
en imposibles lides
frente al número impar
de los pétalos del nomeolvides.
Y el prudente desvelo
de aromos y retamas,
guía los equinoccios con la luz de sus ramas,
que gobiernan el curso del obediente cielo.
En el mínimo germen, clara sabiduría
augurando que al porvenir sirve de guía,
y por él no se pierde.
Y siempre resplandece en la floresta
jugosa norma o cifra verde,
siempre, señal enhiesta,
una vara florida para medir la fiesta.
Qué noble equidistancia,
feliz incertidumbre
entre el sueño sin sueños del metal y su herrumbre
y la atroz pesadilla de la carnal fragancia!
Ni la piedra ni el odio, fronda umbría,
ni la mudez, ni el grito, el susurro del viento
en las gárrulas cañas;
No el rodar del guijarro violento,
ni el ambular de cascos de éxodos infelices
bajo el mandato cruel de las entrañas:
aquí la permanencia fiel de las raíces.
Aquí el absorto ser se halla en su ruego,
fecunda identidad enamorada,
no en la pelambre de ingle sombreada,
ni en agresivos émbolos de fuego,
aquí no hay geometría de cristales,
ni frenesí de abrazos y mordiscos:
sobre inhóspitos riscos
se alza frente a silencios siderales
la Flor.
La flor, la flor, la flor abierta,
no en pudibundas sombras, sino en lo más erguido
de la planta,
eleva el puro cáliz recubierta
del limpio amor que por los aires canta.
Los cielos apacigua
con el íntimo idioma del perfume
que en su callar resume
la canción más antigua,
mientras se alzan estambres y pistilos,
sin enconados ritos ni amarguras,
y entre las espesuras
que limitan tranquilos,
el polen se desgrana
planeando desde el hoy hasta el mañana.
Qué dulce amor entre la miel nacido,
que al aire y al azar libra su anhelo,
y logra plenitud en la viva semilla enterrada en el suelo.
Qué lejos del escándalo del nardo desvestido,
los abrasados besos de los ceibos en flor,
o de la hiedra al olmo el abrazo ceñido,
Amor, amor...
En el cristal del agua virgen del Paraíso
más pureza no alcanza duplicado Narciso.
En qué paz el racimo que ya el otoño dora
rezuma realidad y madura
dulzura,
donde el lento tributo de la savia atesora!
Pero en la sangre oscura
con el color del odio que al buscarse se encuentra,
circulan garras, dientes, obstinada amargura
que en la médula blanda de los huesos se adentra,
y en las vísceras trenza su enmarañado enredo,
porque la sangre tiene la decisión del miedo,
y de su certidumbre temerosa,
por las arterias vierte
el calor afiebrado de la muerte.
Cuánto hastío y qué inútil su crueldad tumultuosa!
Es que muertes pretéritas entre sus sales gimen,
y con oscuros ramos
a la sangre ocultamos
para que nadie pueda reprocharnos su crimen.
Pero tú, lenta savia, en ondas de frescura,
savia inmortal tu llegas
desde la llama dura
de cada hoja, a las raíces ciegas,
en tu color perdura
la iluminada luz, la luz luciente
que a convivir se digna tu puericia
y llevas su caricia
circulando en tus venas, transparente.
Persigues tu designio a través de la nada,
en el brote, en la espina, en el tallo dormido y en
la flor desvelada,
y en la ascética sed de la simiente.
¿Quién escuchó tu pulso de diástoles tranquilas?
su cauteloso ritmo es anterior al número y al verbo;
no se encabrita el árbol ni cuando le destilas
por el leño el mandato de los brotes gloriosos,
ni el cardal vocifera el grito acerbo,
ni musitan sus rezos los musgos religiosos.
Tu verde vocación sube hasta el cielo,
cuando de gravedades vencedora,
desciende el cielo verde por tu anhelo
hasta la tierra, oh savia! Oh Mediadora!
Si algo en los otros círculos en su manar sereno
a tu piedad se acerca, será la leche ciega,
tan generosa como tú en su entrega.
Qué concisión de fruto hay en el seno!
A veces te demoras en las acres resinas,
el incienso y la mirra son tus versos medidos,
en aquietados bálsamos, en lejanas morfinas,
en ácidos desnudos, en venenos ardidos,
en fantasmas traslúcidos de alcanfores dormidos.
Con tu gracia iluminas
la juventud del mundo que su frescor conserva;
alegre fuego verde crepita en los pensiles:
son los coros absortos de árboles viriles
y las voces de niños de las briznas de hierba.
Madre savia que nutres encinas y espadañas:
Con qué vigor de cedro crecería mi canto
si en vez de densa sangre con clamores de llanto
circulara tu alegre rumor por sus entrañas!!
Pero la voz del hombre nunca merece tanto.
EDUARDO GONZÁLEZ LANUZA